
He recuperado la costumbre de comer napolitanas en el parque. Sin pretenderlo, siempre me siento en el mismo banco.
Cuando descubrí que desde aquí se ve tu casa y fuí consciente de que aún te buscaba dí vueltas hasta encontrar uno donde no llegasen esas señales de humo.
Me senté orgullosa, satisfecha de haber elegido olvidarte, feliz hasta que pensé que en esta nueva decisión también eras tú el protagonista. Así que volví al banco de siempre y , aunque aún no puedo evitar espiarte, las veces que de manera natural mis ojos se desvían de la recta que define tu sombra y deciden fijarse en el culo del chico que hace footing o en el cielo -azul, a pesar de todo- me saben a gloria.
Y est0y orgullosa porque por fin puedo disfrutar de todo sin tí, pero cuando el dandy de 80 años, enfundado en su traje gris, olor naftalina, me pregunta la hora y me regaña por este flequillo tan largo que no le deja ver mis ojos, no puedo evitar pensar en cuál sería nuestra conversación si la sonrisa que me roba a mí nos la hubiese robado a los dos.



